viernes, 4 de octubre de 2013

TERAPIA INTENSIVA


POR DOMINGO SCHIAVONI
 
La población paraguaya tuvo un quiebre traumático al reducirse a menos del 30%, como resultado de la guerra con Argentina, Brasil y Uruguay (lo que los historiadores mitristas llaman “la guerra de la Triple Alianza” y nosotros definimos como “la guerra de la triple infamia”. Como todo país invadido quedó sin recursos y con enormes deudas que saldar.
 
[28/05/2013] Esta realidad hizo que grandes extensiones del territorio quedaran despobladas, aunque con inmensos bosques y con una gran diversidad de fauna y flora. Las facilidades dadas al capitalismo especulador que se radicó en el país, hizo que el modelo productivo dominante fuese el extractivo y no existiese prácticamente la producción con valor agregado.

Los primeros enclaves extractivos fueron yerbales y obrajes. La madera preciosa abundante en los bosques, fue extraída hasta el agotamiento, con alto costo en vidas y daños medioambientales. Lo mismo pasó con el tanino, esencia extraída de la corteza del quebracho, abundante en el Chaco. La explotación de estos recursos fue con mano de obra semi esclava. Al inicio del siglo XX los gobernantes volvieron a malvender enormes extensiones de tierra para afrontar los gastos de guerra (y, de paso, fortalecer las fortunas de sus entornos), profundizando el arraigo del modelo latifundista.

La actitud de algunos sectores de la sociedad hacia las causas de la guerra, produjo una rivalidad política, que buscó soluciones por vía de las armas con cuartelazos, asonadas y revoluciones, como constante en la vida política de los treinta primeros años del siglo XX. En 1932, una nueva y trágica guerra enfrentó al Paraguay con Bolivia, esta vez por las riquezas hidrocarburíferas del subsuelo chaqueño. De nuevo, acudieron la muerte y la tragedia, personajes en toda beligerancia. Por la escasa población existente, falta de infraestructura y economía de volumen reducido, la producción de la tierra era casi sólo subsistencial. La agricultura y la ganadería extensiva, también se hacían con un modelo extractivo primitivo, pero sustentable y orgánico, favorecido por 900 ríos que fertilizan los suelos del país. La población producía con técnicas elementales, en cantidades reducidas y según ciclos estacionales.

Con la “dictaferoz” del genocida Alfredo Stroessner (1954-1989), y en medio del reparto de tierras públicas a sus cómplices, en los años ‘60 llegó la revolución verde con inmigrantes japoneses que trajeron los primeros” progresos” productivos, sobre todo frutihortícolas, posibilitando que el campesinado tecnologice su producción, aunque también con efectos adversos. Por el Tratado de Itaipú (28-04-1973), se construyó la represa homónima con el Brasil y, en esa zona poco poblada, salvo por escasas comunidades de Pueblos Originarios, de nuevo hubo venta fraudulenta de tierras, iniciando la apertura al este con la penetración de “colonos” brasileños de origen europeo (brasiguayos) que liquidaron los recursos madereros del Bosque Atlántico para substituirlos por enormes plantaciones de monocultivos, como soja transgénica, sobreutilizando pesticidas y agrotóxicos, descampesinizando gran parte del territorio y contaminando el aire, suelo, subsuelo y el agua: superficial y los acuíferos.

Hoy, no solo la soja, sino especies como algodón, maíz y mandioca, son transgénicos. El gobierno autoimpuesto de golpe el 22-06-2012, compromete la salud pública al rematar recursos genuinos, negociados con multinacionales especulativas y criminales como Monsanto y sus productos genéticamente modificados –OGM-, Cargill y Río Tinto Alcán. Evocada como “república bananera” por las atrocidades del déspota Stroessner, después de afectar en gran escala a su rica biodiversidad, Paraguay se está convirtiendo en un Mar de Soja Transgénica. La ausencia de una cultura de prevención es grave, pues la sismicidad de Paraguay aumenta desde la formación de los lagos artificiales de las represas de Itaipú y de Yacyretá, y aumentará más tras el inicio de las prospecciones hidrocarburíferas con el método del “fracking” que, además podría activar algunos de los numerosos volcanes existentes.

Por la deforestación que abrió paso al “mar de soja”, los microclimas serán afectados con ocurrencia mayor, en frecuencia e intensidad, de vientos huracanados y lluvias torrenciales. El futuro del país está hipotecado y el principio de precaución sigue avasallado por privilegiar el lucro en desmedro de niveles aceptables de calidad de vida y salud pública.

Acerca de la nefasta guerra de la triple infamia (1864-1870), el historiador Bernardo Coronel dice en su “Breve interpretación marxista de la historia paraguaya (1537-2011)” que “cuando empezó la guerra en 1865, Paraguay tenía 800 mil habitantes, pero en 1872 sólo quedaban 230.100 paraguayos”. Y en la misma obra agrega: “Aunque, y pese a la guerra y a las turbulencias sociopolíticas, el Paraguay siguió siendo muy rico. De las 16.590 leguas cuadradas de superficie del país, 16.329 pertenecían al fisco y sólo 261 leguas estaban en manos privadas. El Estado poseía un extenso yerbal de 840 leguas, 8.550 leguas de bosques vírgenes y 7.200 leguas de campos de pastoreo, además del ferrocarril con sus 72 km, y edificios públicos valorados en más de 100 millones de pesos”.

Toda esta penetración de la que hablamos más arriba también introdujo la corrupción persistente hasta hoy, consistente en la apropiación de bienes públicos, en beneficio de particulares. Según Bernardo Coronel las leyes de 1883 y de 1885, de Bernardino Caballero “prohibía la venta de tierras menores a una legua cuadrada, condenando al campesinado y a la pequeña burguesía rural, al despojo y a la proletarización”, en contraste con el hecho de que, “durante los gobiernos de Francia y los López, los campesinos podían usufructuar libremente la tierra, pero a partir de 1883 este régimen de tenencia cambiaría radicalmente. La ley estimulaba la venta de grandes extensiones dando impulso a la creación de gigantescos latifundios como los de Carlos Casado, Mate Larangeira y La Industrial Paraguaya”.

Como conclusión se puede decir que de las 29 enfermedades hídricas conocidas, casi todas aparecieron en los últimos 40 años. Además, ya hay síntomas de daños medioambientales severos, y en su capital genético: nacen más criaturas con malformaciones congénitas y es cada vez mayor la ocurrencia de diversos tipos de cáncer, por el uso de los OGM y la contaminación originada en agrotóxicos: glifosato, endosulfán…, con los que fumigan áreas pobladas.


Fuente: Informe para Argenpress.info de Vicente Brunetti, investigador internacional en Comunicación, Cultura y Educación, y de Raúl Montero, arquitecto, docente universitario y conductor de programas de radio)

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